Skip to Content, Navigation, or Footer.
Friday, April 12, 2024
The Observer

'Sonder' y una lluvia de febrero

Llegué a mi clase de las 9:30 a.m. el jueves con el pelo empapado, chorreándome toda mi camisa blanca como si hubiera nadado a través de todo el lago de St. Mary’s para llegar al edificio de Bond Hall. Sin aliento, incómoda, y un poco avergonzada, me preguntaba como todos los otros estudiantes de la universidad entera habían sido lo suficientemente prudentes para empacar una sombrilla. 

Una caída de lluvia en febrero no es algo común. Una lluvia en febrero en South Bend, Indiana es inconcebible. Mientras escuchaba mi clase de Teología 2 sobre San Benito de Nursia, mi pelo aún empapado mojando mi ropa y escritorio, la lluvia seguía cayendo afuera. Caía silenciosamente.

Para las 10:45, el cielo se había aclarado a un lindo azul. La famosa “permacloud,” o nube permanente, de Notre Dame se había ido al ser perseguida por un suave sol de primavera. 

Durante mi rutina de ejercicio de la mañana, estaba molesta al ver que la máquina de ejercicio que siempre uso estaba tomada. Aún peor — también se me había olvidado meter más de mis chicles favoritos a mi mochila.

A mediodía, aún sintiéndome húmeda (y también sin chicles y oliendo a muchísimo desodorante), decidí ir a Decio Hall para el almuerzo. Compré un envuelto agridulce asiático, el cual me comía distraída mientras miraba mis mensajes pendientes en mi celular. Vi un mensaje de mi hermana, Mía, que decía: “Vi este artículo del New York Times sobre los presos políticos en Nicaragua siendo liberados. ¿Será alguno de estos el papá de tu amiga?”

Leí el artículo. Le dije a Mia que el artículo no mencionaba nada del padre de Victoria. Decidí enviarle un texto a Vic preguntándole como estaba, y diciéndole que tenía a su familia en mis pensamientos y oraciones.

A las 12:25, me paré y apuradamente recogí todas mis cosas. Gruñí con exasperación cuando me di cuenta de que mi envuelto agridulce asiático había dejado una gran mancha de salsa agridulce asiática por toda mi camisa blanca. Irritada, solo tuve tiempo de pasar unas cuantas servilletas encima de la mancha mientras corría hacia el edificio de Mendoza para mi clase de las 12:30. 

Me sentía espinosa y pegajosa mientras me sentaba en mi clase de estadística. Me preguntaba qué habrá sido la primera cosa que mi compañera de alado había notado sobre mí hoy: ¿Serán las manchas en mi camisa y la humedad de mi ropa? ¿Será que puede oler las sobras de mi almuerzo flotando a mi alrededor? ¿O será que se distrajo por mis colochos esponjosos y solo medio secos?

Salí de Mendoza pisoteando con solo diez minutos para correr a Main Building para mi última clase del día (Ciudadanías y América). Estaba lloviendo otra vez – la lluvia se sentía como una neblina fría y fuerte que volaba hacia el lado gracias a un viento implacable. Se me hacía difícil ver mi pantalla mientras trataba de ver los mensajes en mi celular.

Y ahí, en medio de la lluvia de febrero, vi una respuesta de Victoria:

“Es libre.”

Frené mis pasos, parándome dentro de un charco. 

“Esta fuera, Gracie. Estoy montada en un avión en camino a Washington, D.C. Es libre.”

Y ahí estaba yo, refunfuñando por un poco de lluvia, unas cuantas manchas, unos chicles olvidados y mi cabello esponjoso. Mientras yo me quejaba, mi amiga Victoria iba en camino a ver a su papá por la primera vez en más de diecinueve meses. De repente, me olvidé por completo de la lluvia, las manchas, los chicles y mi pelo.

La palabra “sonder,” en inglés, es una palabra que abarca la idea de que cada ser humano — cada uno de los ocho millones de nosotros — está pasando por el día de hoy con una experiencia completamente diferente. La lluvia de febrero me trajo unos cuantos inconvenientes pequeños. Para Victoria, le trajo a su papá. 

Ella se enteró de la noticia esa misma mañana y compró su pasaje de avión inmediatamente. Ella caminaba por la tristeza con una sonrisa llena de esperanza. 611 días. Habían pasado 611 días desde que ella había visto a su papa, desde que había agarrado su mano, desde que había escuchado su voz. 611 días desde que él había sido robado de ella. 611 días él había estado en una celda en Nicaragua, todo por usar su voz para traerle luz a todas las injusticias políticas de su país. 611 días en la cárcel sin ningún tan solo crimen cometido.

Victoria, quien también tuvo que lidiar con el pelo mojado además de terrible dolor, ansiedad y frustración, logró enfrentar cada uno de estos 611 días con un corazón amable, una voz suave y una forma de ser tan cariñosa. Ella es buena con todos y mala con nadie. Es una artista, una fanática de Trader Joe’s y una amante de la música.

Y yo – yo fui tonta. Deje que estas incomodidades insignificantes arruinaran un día que me habían otorgado – un día lleno de privilegio. Que suerte tengo de que mis peores inconvenientes son la lluvia, las manchas, los chicles y el pelo esponjoso. Que la lluvia de febrero se lleve mis quejas, y que los cielos se aclaren enteros para Victoria mientras ella logra reunirse con su padre.

English translation, "Sonder, and a February rain": 

I arrived to my 9:30 on Thursday with hair sopping wet, dribbling down my white turtleneck, as if I’d swam through St. Mary’s Lake to make it to Bond Hall. Breathless, uncomfortable and slightly embarrassed, I wondered how every other student in the entire school had each been prudent enough to pack umbrellas.  

A rain in February is uncommon. A rain in February in South Bend, Indiana is inconceivable. As I sat through my Theology two lecture on St. Benedict of Nursia, my still sodden hair dripping over my desk and soaking my clothes, the rain lingered on outside. It fell quietly. 

By 10:45, the sky had cleared to a pleasant blue. The notorious Notre Dame “permacloud” was chased away by a pale, early Spring sun. 

During my morning workout, I was annoyed to find that my usual exercise machine was taken. Even more annoying — I‘d forgotten to restock my trident gum I always kept snug in my backpack. 

At noon, still damp (and now gum-less and smelling of overcompensating deodorant), I made my way to Decio hall for lunch. I got a sweet Asian wrap and crunched on it distractedly as I scrolled through my texts. One, from my sister Mia, read: “I saw this NYT post about political prisoners in Nicaragua being set free. Are any of them your friend’s dad?”

I read the article. I told Mia the article didn’t mention Victoria’s dad, then sent a text to Vic asking how she was doing and that I was thinking of her family and praying for them.  

At 12:25, I stood up and scrambled my stuff together. I let out a groan in exasperation as I realized that the sweet Asian wrap had dripped its sweet Asian sauce all down my white turtleneck. Irritated, I had only enough time to snatch a few napkins and dab at myself hastily as I raced off to Mendoza for my 12:30.

I sat through my stats class feeling very prickly and very sticky. I wondered what my classmate next to me had noticed first —had she seen the stains on my shirt and noticed the dampness of my clothing? Did she smell the remnants of my lunch wafting around me? Or was she too distracted by my frizzy, half dried curls?

I stomped out of Mendoza with only 10 minutes to race to the Main Building for my final class of the day (Citizenship and America). It was raining again — a cold, harsh mist blown sideways by an unforgiving wind. It made it difficult to see my screen as I scanned my texts. 

And then, there, grumbling in the February rain, a response from Victoria: 

“He’s free.”

I halted, stopping suddenly inside a puddle. 

“He’s out, Gracie. I’m on a plane to DC right now. He’s free.”

There I was, grumbling over a little rain, a couple of stains, a forgotten piece of gum, and a frizzy head of hair. While I’d been complaining, my friend Victoria was going to see her dad for the first time in over 19 months. Suddenly, the rain, the stains, the gum and the hair were forgotten.

Sonder is a word which encompasses the realization that every single human — all eight billion of us — is experiencing the day entirely differently. The February rain had brought me a few minor inconveniences. For Victoria, it brought her father. 

She got word that morning and bought her flight immediately. She’d waded through the dreariness with a hopeful smile. 611 days. It had been 611 days since she’d seen her dad, since she’d held his hand, since she’d heard his voice. 611 days since he’d been stolen from her. 611 he’d been in that Nicaraguan prison cell, all for using his voice to point out the injustices in his home country. 611 days in prison for no crime committed. 

Victoria — who had to deal with wet hair as well as an overwhelming grief, anxiety and frustration — managed to face each of these 611 days with a kind heart, a soft voice and a careful, comforting nature. She is good to all and unkind to none. She is a sketcher, a Trader Joe’s frequent and a lover of music. 

And I — I am silly. I let all those trivial annoyances ruin a day that I had been given — a day full of privilege. How lucky I am that the worst inconveniences in my day should be rain, stains, gum and frizzy hair. Let the February rain wash away my grumbles, and let the skies clear over Victoria as she reunites with her father.

Editor's note: Translated by Cristina Willingham. 

Gracie Eppler is a sophomore Business Analytics and English major from St. Louis, MO. Her three top three things ever to exist are 70’s music, Nutella and Smith Studio 3, where she can be found dancing. Reach her at geppler@nd.edu.

The views expressed in this column are those of the author and not necessarily those of The Observer.